El hijo pródigo

El hijo pródigo revela el camino del pecado a la conversión y, sobre todo, el Corazón misericordioso del Padre que sale al encuentro del pecador arrepentido. Pero Jesús también advierte sobre la soberbia del hermano mayor: se puede permanecer cerca exteriormente y tener el corazón lejos. Volver a Dios exige humildad, confesión sincera y alegría por el hermano que regresa.

El regreso al Padre

11 Dijo aún: “Un hombre tenía dos hijos, 12 el menor de lo cuales dijo a su padre: “Padre, dame la parte de los bienes, que me ha de tocar”. Y les repartió su haber. 13 Pocos días después, el menor, juntando todo lo que tenía, partió para un país lejano, y allí disipó todo su dinero, viviendo perdidamente. 14 Cuando lo hubo gastado todo, sobrevino gran hambre en ese país, y comenzó a experimentar necesidad. 15 Fué, pues, a ponerse a las órdenes de un hombre del país, el cual lo envió a sus tierras a apacentar los puercos. 16 Y hubiera, a la verdad, querido llenarse el estómago con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. 17 Volviendo entonces sobre sí mismo, se dijo: “¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan de sobra, y yo, aquí, me muero de hambre! 18 Me levantaré, iré a mi padre, y le diré: “Padre, he pecado contra el cielo y delante de ti. 19 Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Hazme como uno de tus jornaleros”. 20 Y levantándose se volvió hacia su padre. Y cuando estaba todavía lejos, su padre lo vio, y se le enternecieron las entrañas, y corriendo a él, cayó sobre su cuello y lo cubrió de besos. 21 Su hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo”. 22 Pero el padre dijo a sus servidores: “Pronto traed aquí la ropa, la primera, y vestidlo con ella; traed un anillo para su mano, y calzado para sus pies; 23 y traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y hagamos fiesta: 24 porque este hijo mío estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado”. Y comenzaron la fiesta. 25 Mas sucedió que el hijo mayor estaba en el campo. Cuando, al volver llegó cerca de la casa, oyó música y coros. 26 Llamó a uno de los criados y le averiguó qué era aquello. 27 Él le dijo: “Tu hermano ha vuelto, y tu padre ha matado el novillo cebado, porque lo ha recobrado sano y salvo”. 28 Entonces se indignó y no quería entrar. Su padre salió y lo llamó. 29 Pero él contestó a su padre: “He aquí tantos años que te estoy sirviendo y jamás he transgredido mandato alguno tuyo; a mí nunca me diste un cabrito para hacer fiesta con mis amigos. 30 Pero cuando tu hijo, éste que se ha comido toda, su hacienda con meretrices, ha vuelto, le has matado el novillo cebado”. 31 El padre le dijo: “Hijo mío, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo. 32 Pero estaba bien hacer fiesta y regocijarse, porque este hermano tuyo había muerto, y ha revivido; se había perdido, y ha sido hallado”.

Lc 15,11-32 · Sagrada Biblia, Mons. Juan Straubinger

Notas de Mons. Straubinger

705 11.

La parábola del hijo pródigo es sin duda una de las más bellas y trascendentales revelaciones del Corazón misericordioso del Padre celestial. Todos somos hijos pródigos, pecadores. En la primera parte describe Jesús la separación de Dios por parte del hombre; en la segunda, la vuelta del pecador a Dios; en la tercera, el recibimiento del pecador por parte del Padre. Algunos expositores antiguos y modernos refieren la parábola a la vocación de los gentiles, figurando el hijo menor a éstos, y el mayor, a los judíos. Falta, empero, el elemento esencial, pues ni Israel pudo llamarse fiel como el hijo mayor, ni puede decirse que hubiese en la gentilidad un alejamiento y una vuelta al hogar, pues nunca había estado en él (Ef. 2, 12; cf. Is. 54, 1 y nota). La enseñanza de esta parábola es, pues, eminentemente íntima e individual como en 5, 32 y en la perícopa de Jn. 8, 1-11 (que según Joüon y otros corresponde también a Lucas. Cf. 21, 38 y nota). Véase el comentario al v. 28 y los vv. 1-3, que muestran claramente la ocasión en que Jesús habló y lo que quiso enseñar. Darle un sentido histórico sería desviar la atención de su inmenso significado espiritual, infalible para convertir a cualquier pecador que no esté perdido por la soberbia. Cf. Jn. 6, 37; Sant. 4, 6; 1 Pe. 5, 5.

706 19.

Hazme como uno de tus jornaleros: Notemos que esto se propone decirlo el hijo, y es una prueba de la humildad necesaria en la conversión. Pero cuando está ante el padre, ya no alcanza a decir esas palabras (v. 21), porque éste se lo impide con el estallido de su amor generoso (v. 22). ¡Qué bien predica aquí el “misionero” Jesús, para hacernos comprender lo que es el Corazón de “su Padre y nuestro Padre”! (Jn. 20, 17). Él no impone su santo Espíritu; pero, apenas lo deseamos, nos lo prodiga (Lc. 11, 13 y nota), junto con su perdón y sus favores, como si el beneficiado fuera Él. Quien descubre así lo que es Dios –como lo habrá sentido Abrahán cuando el ángel le detuvo el brazo en el sacrificio de Isaac– ¿qué podrá ya pedir o esperar del mundo?

707 20.

Cuando estaba todavía lejos: Jesús revela aquí los más íntimos sentimientos de su divino Padre que, lejos de rechazarnos y mirarnos con rigor a causa de nuestras miserias y pecados, nos sale a buscar cuando estamos todavía lejos. Notemos que si Adán se escondió después del pecado (Gn. 3, 8 s.) fué porque no creyó que Dios fuese bastante bueno para perdonarlo. Es decir que el disimulo y el miedo vienen de no confiar en Dios como Padre. Por donde vemos que la desconfianza es mucho peor que el pecado mismo, pues a éste lo perdona Dios fácilmente, en tanto que aquélla impide el perdón y, al quitarnos la esperanza de conseguirlo, nos aparta de la contrición, arrastrándonos a nuevos pecados, hasta el sumo e irremediable pecado de la desesperación, que es el característico de Caín (Gn. 4, 3), de Judas (Mt. 27, 3-5) y del mismo Satanás. También la mentira viene de la desconfianza, pues si creyéramos en la bondad de Dios, que nos perdona lisa y llanamente, total y gratuitamente, no recurriríamos a buscar excusas por nuestros pecados, ni nos sería doloroso, sino al contrario, muy grato, declararnos culpables para sentir la incomparable dulzura del perdón (véase Sal. 50, 10 y nota). El que duda de ser perdonado por sus faltas, ofende a Dios mucho más que con esas faltas porque lo está tratando de falso, ya que ese divino Padre ha prometido mil veces el perdón, haciéndonos saber que “Él es bueno con los desagradecidos y malos” (6, 35). Hay en esto también una enseñanza definitiva dada a los padres de familia, para que imiten más que nadie, en el trato con sus hijos, la misericordia del Padre Celestial (cf. 6, 36 y nota), y sepan que los inducen a la mentira, más que a la contrición, si usan un rigor inexorable que les haga dudar de su perdón.

708 28.

El hijo mayor, que no podía comprender la conducta del padre para con el menor, viene a estar más lejos de Dios que su hermano arrepentido. Él es imagen de quienes, creyéndose usufructuarios exclusivos del reino de Dios, se sienten ofendidos cuando Dios es más misericordioso que ellos. Por eso el hijo “justo” recibe una reconvención, mientras su hermano pecador goza de la dicha de ser acogido festivamente por su padre y, al sentirse perdonado, crece en el amor (véase 7, 47). Nótese que esta parábola fué dirigida a los fariseos, como se ve en los vers. 1-3.

Explicación sencilla

La parábola del hijo pródigo muestra el camino del pecado, la conversión y la restauración. No presenta solamente a un hijo que vuelve: revela el Corazón misericordioso del Padre y advierte que también puede quedar lejos de Dios quien permanece exteriormente en casa, pero no comparte su misericordia.

1. La ruptura y el pecado. El hijo menor pide la herencia y parte a un “país lejano”. Su marcha expresa la falsa autonomía del pecador: recibe los bienes del Padre, pero quiere disfrutarlos sin Él. El pecado promete libertad, pero rompe la comunión con Dios y termina empobreciendo al hombre. Cuando se pierde la amistad divina por el pecado grave, las criaturas no pueden ocupar el lugar del Creador ni dar al alma el fin para el que fue hecha.

2. La degradación humana. Después de disiparlo todo, el hijo llega al hambre y a cuidar puercos. La escena muestra hasta dónde conduce una libertad separada de la verdad: quien quería vivir sin padre termina sometido a una necesidad humillante. El pecado no engrandece al hombre; oscurece su juicio, desordena sus afectos y lo hace esclavo de aquello que eligió como sustituto de Dios.

3. La conversión del corazón. El Evangelio dice que el joven, “Volviendo entonces sobre sí mismo”, reconoce su miseria y decide levantarse. No culpa a otros ni exige derechos: prepara su confesión, “Padre, he pecado contra el cielo y delante de ti”, y vuelve. Aquí aparecen elementos esenciales de la conversión: reconocer el pecado, dolerse de haber ofendido a Dios y tomar la decisión concreta de regresar. Straubinger subraya la humildad del hijo, que ya no pretende ser tratado según sus méritos.

4. La misericordia y la restauración. El padre lo ve cuando todavía está lejos, corre a su encuentro, lo abraza y manda devolverle vestido, anillo y calzado. El perdón no consiste en fingir que nada ocurrió: restaura una filiación herida. Santo Tomás de Aquino, al tratar de la Penitencia, recurre expresamente a esta parábola para explicar que la dignidad de hijo perdida por el pecado se recupera por la penitencia, y señala la primera vestidura, el anillo y el calzado. La parábola ilumina así lo que la Iglesia vive sacramentalmente: Dios recibe al pecador arrepentido y le devuelve la vida de la gracia.

5. El peligro de la soberbia espiritual. El hermano mayor cumple y permanece, pero se indigna ante la misericordia concedida al menor. Straubinger observa que llega a estar más lejos de Dios que su hermano arrepentido, porque se siente ofendido de que el Padre sea más misericordioso que él. Es una advertencia para quien convierte la obediencia en comparación, mérito propio o desprecio del pecador que vuelve.

La respuesta cristiana es doble: regresar al Padre sin excusas cuando hemos pecado y recibir con alegría al hermano que se convierte. La misericordia divina no vuelve pequeño el pecado; manifiesta el poder de la gracia para levantar al pecador que se humilla, confiesa su culpa y vuelve a casa.